
«Nosotros no podemos celebrar el nacimiento de un Estado fundado en el terrorismo, masacres y la expulsión de su tierra de otro pueblo» —
The Guardian, Londres, declaración de un centenar de intelectuales judíos, mayo de 2008—.
Efectivamente, hoy celebra el Estado de Israel su 60 aniversario y la frase arriba citada creo q no podría ser más apropiada. A la vez que esto se celebra se conmemora también la subyugación de otro pueblo, el palestino.
A la llegada al poder del actual presidente del gobierno español, el socialista J. L. Rodríguez Zapatero, prometía ante las Naciones Unidas, es decir, no ya sólo ante los españoles sino ante el mundo entero, el luchar por la defensa de los derechos de los pueblos saharaui y palestino. El primero lo intercambió por beneficios pesqueros en los caladeros marroquíes que, sin embargo, se sitúan en las costas del territorio del Sahara; por el segundo todavía no se sabe que le han dado.
El drama palestino es, sin lugar a dudas, el mayor drama humanitario del mundo. Conflictos de hambre hay seguramente más dramáticos en muchas zonas de África, sin embargo, el crimen contra el Pueblo palestino es además un conflicto armado, un problema político de gran envergadura que tendría que hacer actuar no a UNICEF sino a la ONU. He aquí la diferencia.
El conflicto, sin embargo, se ha acallado sensiblemente por parte de los medios, que cada vez miran menos hacia lo que ocurre en Oriente Próximo, bien dedicándole menos espacio —tendencia muy generalizada en lo que a las noticias internacionales se refiere— bien confundiendo al público con lo que allí sucede. Esto, no obstante, viene siendo tradición en el trato de la información, pues lo único que el espectador detecta es un vago y muy poco analítico “están locos todos”, a lo que cabría añadir un “en igual medida”.
En opinión del historiador británico Eric John Hobsbawm —el intelectual más conocido de Gran Bretaña—, Oriente Próximo es la zona más inestable actualmente del planeta y el factor mayor de inestabilidad, además de la acción geoestratégica de occidente —especialmente de EE.UU.—, es el Estado de Israel, el mayor aliado estadounidense en la zona junto con Turquía, otro socio que también se las trae y el genocidio practicado actualmente contra el Pueblo kurdo es cuanto menos digno de mención y condena internacional —Turquía es en la actualidad el país que más armamento recibe de Estados Unidos en el mundo junto con el Estado de Israel—.
Alguien podría pensar que si ningún Estado condena a Israel será porque, como se nos dice insistentemente por parte de su propia administración y la estadounidense, es porque “tienen derecho a defenderse”. Israel es el único Estado del mundo que nunca ha cumplido ni una sola resolución de la ONU. Pese a no tener una gran trascendencia mediática, hay toda una larga serie de países que condenan las atrocidades que este Estado practica en nombre de su “propia existencia” y toda una serie de destacados personajes y cargos que así lo hacen, pese a no tener su espacio en los medios de comunicación occidentales.
Así, Louise Arbour, alta comisionada de Naciones Unidas de Derechos Humanos, en julio de 2006 decía algo tan áspero como que “Los dirigentes israelíes deberían ser acusados de crímenes de guerra”. ¿Por qué tan radical condena a las acciones israelíes y no así a las acometidas por los milicianos palestinos? Evidentemente, no es comparable el terrorismo que practican unos, con el que realizan otros. Sin más. Todo tiene sus matices y aquí no sólo merece la pena remarcarlos, sino que es un deber imprescindible hacerlo.
El territorio de Palestina correspondía a un pueblo que llevaba en él habitando durante miles de años y que, en la actualidad y desde hace ya 60 años, le ha sido arrebatado. La lucha del Pueblo palestino es la de un pueblo por su independencia. En España, si se celebra la “guerra del francés” —por mucho siglo XIX que sea— no debiera discutirse la lucha palestina. Las guerras de liberación son guerras que, guste o no, incluso el mayor pacifista ha de estar de acuerdo con ellas. No se discute, o no debiera discutirse, la lucha armada del Pueblo iraquí contra la ocupación de las potencias del mundo denominado occidental y especialmente de Estados Unidos nuevamente.
De igual forma, no es lo mismo el terrorismo de Estado —jamás así llamado por los medios de comunicación practicado por el Estado de Israel, en el que se emplean tanques, alta tecnología y todo el aparato gubernamental represivo como el derribo sistemático de las casas de los familiares de milicianos muertos en acciones contra la ocupación israelí. Muchas son los que piensan que el fanatismo religioso es el que hace a los suicidas palestinos autoinmolarse con tal de llevar a cabo su misión. Y yo me preguntaría ¿qué clase de fanatismo, uno similar al visto estos días en las fiestas del Rocío en Andalucía? Una persona, si está desesperada como lo está el Pueblo palestino es capaz de eso y de mucho más. Ese mucho más es cargar con el peso de una guerra que dura ya 60 años y que es, sin matiz alguno, un frente abierto. ¿Qué hace que no sea declarado conflicto armado? Simplemente la falta de reconocimiento al más que legítimo Estado palestino y que, de modo más secundario, la diferencia entre unos y otros en cuanto a lo que cuestión militar se refiere hace más que difícil que la opinión pública pueda verlo así. Supongo que sería distinto si ambos contasen con tanques y no unos sólo con kalahsnikov.
Golda Meir, primer ministro israelí de 1969 a 1974, apuntó en su día una frase que viene a ilustrar perfectamente la realidad en la zona: “¿Cómo vamos a devolver los territorios ocupados? No hay nadie a quien devolvérselos. No hay tal cosa llamada palestinos”. Sin embargo, ante este tipo de posturas cabría recordar el muy sabio dicho popular de “el que siembra vientos, recoge tempestades”.
La guerra sin embargo se adivina interminable por lo que convendría, de una vez por todas, tratar de llegar a una solución que ponga fin al conflicto y establezca una salida acordada. No estaría mal comenzar por lo que la mayoría de palestinos piden junto con muchos otros intelectuales del mundo y que, en palabras de todo un rabino como Yisroel David Weiss merece especial atención: “los sionistas utilizan el Holocausto en beneficio propio… El sionismo no es judío sino una agenda política… Lo que queremos no es una retirada a las fronteras de 1967, sino una retirada de todo lo que está incluido, de manera que el país puede ser de nuevo de los palestinos y nosotros podamos vivir con ellos”. Ojalá todos pudieran verlo así y lo único que es claro es que ambos pueblos han de poder convivir.
Hace poco tuvo lugar el salón del libro de Turín y el invitado de honor resultó ser israelí; una amiga que conocí hace poco en esa misma ciudad me lo contaba y decía sentirse indignada por este hecho. Desde luego, por mucho menos de lo que hace Israel, a otros Estados se les aplican condenas y bloqueos que a este Estado criminal ni se imagina poner en práctica. Por mi parte, y creo que de buen criterio, suscribo la opinión de Aaron Shabtaï manifestada en una carta que el escritor —de origen israelí— redactó a fin de explicar su posterior negativa a participar en el Salón del Libro de París de este mismo año de 2008 en el que Israel fue el país invitado: “no creo que un Estado que mantiene una ocupación y comete cotidianamente crímenes contra civiles, merezca ser invitado a ninguna semana cultural… Es un acto bárbaro travestido cínicamente de cultura”.