viernes, 27 de abril de 2012

75 años de la muerte de Antonio Gramsci



Definido por un colega y amigo como "marxista intransigente" a propósito -y al tiempo en contraposición- de su 'redescubrimiento' y hasta reivindicación por parte de los no-marxistas como pretendido modelo de heterodoxia y flexibilidad (opuesto a la "rigidez" de Marx), Antonio Gramsci ha sido un referente histórico esencial para el marxismo, y ejemplifica a la vez la riqueza del legado del gran pensador alemán.

Muerto el 27 de abril de 1937 a la edad de 46 años y tras diez de presidio en una cárcel de la Italia mussoliniana, Gramsci es un intelectual absolutamente referencial para la izquierda y hacia el cual siento una especial debilidad y profundo respeto, tanto por sus ideas y la fuerza y dureza con que las plasma, como por lo atinado de sus puntos de interés.

El siguiente es un breve texto suyo que, pienso, ilustra muy bien su personalidad y firmeza de su compromiso político.

Odio a los indiferentes. Creo que vivir quiere decir tomar partido. Quien verdaderamente vive, no puede dejar de ser ciudadano y partisano. La indiferencia y la abulia son parasitismo, son bellaquería, no vida. Por eso odio a los indiferentes.

La indiferencia es el peso muerto de la historia. La indiferencia opera potentemente en la historia. Opera pasivamente, pero opera. Es la fatalidad; aquello con que no se puede contar. Tuerce programas, y arruina los planes mejor concebidos. Es la materia bruta desbaratadora de la inteligencia. Lo que sucede, el mal que se abate sobre todos, acontece porque la masa de los hombres abdica de su voluntad, permite la promulgación de leyes, que sólo la revuelta podrá derogar; consiente el acceso al poder de hombres, que sólo un amotinamiento conseguirá luego derrocar. La masa ignora por despreocupación; y entonces parece cosa de la fatalidad que todo y a todos atropella: al que consiente, lo mismo que al que disiente, al que sabía, lo mismo que al que no sabía, al activo, lo mismo que al indiferente. Algunos lloriquean piadosamente, otros blasfeman obscenamente, pero nadie o muy pocos se preguntan: ¿si hubiera tratado de hacer valer mi voluntad, habría pasado lo que ha pasado?

Odio a los indiferentes también por esto: porque me fastidia su lloriqueo de eternos inocentes. Pido cuentas a cada uno de ellos: cómo han acometido la tarea que la vida les ha puesto y les pone diariamente, qué han hecho, y especialmente, qué no han hecho. Y me siento en el derecho de ser inexorable y en la obligación de no derrochar mi piedad, de no compartir con ellos mis lágrimas.

Soy partisano, estoy vivo, siento ya en la consciencia de los de mi parte el pulso de la actividad de la ciudad futura que los de mi parte están construyendo. Y en ella, la cadena social no gravita sobre unos pocos; nada de cuanto en ella sucede es por acaso, ni producto de la fatalidad, sino obra inteligente de los ciudadanos. Nadie en ella está mirando desde la ventana el sacrificio y la sangría de los pocos. Vivo, soy partisano. Por eso odio a quien no toma partido, odio a los indiferentes.

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