lunes, 28 de marzo de 2011

Incluso sin injerencismo, ¿es legítimo apoyar la intervención en Libia?


La pregunta parte de una premisa que debe quedar clara: la intervención de la OTAN hace inherente la imposibilidad del presupuesto de partida. El socarronamente aludido altruismo de Occidente es en sí mismo imperialista, y como tal debe ser condenado. Pero el conflicto ha generado una confusión en la izquierda que le ha hecho extrañamente confundir internacionalismo con injerencismo. Por expresarlo en términos más prosaicos, ¿cuáles son los árboles que no dejan ver el bosque?

El primero que yo observo es el que apuntaba la «gran diferencia» con Irak: el casus belli humanitario. La idea de que la intervención se hace para evitar una matanza. La derecha pidió guerra en 2003 y pide guerra en 2011; a la izquierda (esta confusión) le produce una contradicción. Se sigue el paralelismo histórico —absurdo y sinsentido— de la guerra civil española como forma de coaccionar conciencias. Se sabe que la historia es un arma poderosa cuando se quiere defender lo indefendible. Pero decir que una tal guerra no es otra (y no lo es), no habría de ser aceptado dentro de la discusión. Y es que la carencia de legitimidad moral por parte de quienes durante décadas sustentaron al dictador y miraron hacia otro lado cuando reprimía a su pueblo con sensible mayor dureza que el supuesto detonante del conflicto, es absoluta. Y esto es demasiado como para consentir que sean ellos quienes hoy piden su cabeza.

Sorprende ver en muchos el «beneficio de la duda» concedido a la OTAN bajo la sola cosa de alegar motivos humanitarios. Las suspicacias hacia ésta no parten ya de la historia —remota y reciente— que el organismo atesora ni por quiénes están detrás de ella; ni tan siquiera por los intereses que éstos puedan tener realmente en Libia. Sino porque llevar pueblos a la guerra es un tema tan delicado, tan importante y grave, que ni siquiera un Parlamento habría de tener la atribución de poder hacerlo. ¿No es acaso una sustracción de la soberanía popular, de lo más esencial de la democracia, el lanzar campañas mediáticas, argumentos falaces, medias verdades y omisión de informaciones, a fin de convencer a la ciudadanía de que apoye una medida tan impopular como convencerla de lo justo de la justicia de las armas? Luchar contra el dirigismo informativo, sentirse aislado, casi loco por sostener una opinión contraria resulta demasiado pesado cuando todos parecen manejar la opuesta, dado que el reparto de la opinión —pese a lo que se contraponga— no es nunca ecuánime, porque lo que se está persiguiendo —y con ansias— es la aprobación por acción o apatía, de algo que requiere consenso. Nuevamente, la democracia muere un poco por inanición. Convencer de la justedad de enviar personas a la muerte, o de aceptar la muerte del Otro, ¿no es una forma deleznable de coacción? por lo demás, aceptar siquiera la muerte de ese Otro precisa de su previa deshumanización (lo que vamos a matar son partidarios de un loco, un sanguinario, libios errados en el mejor de los casos y mercenarios en el otro). Los «perros de la guerra» no merecen —a diferencia de los marines norteamericanos (p. e.)— ni el regalo de la vida, cualesquiera que sean sus condicionantes circunstanciales.

Una invasión es una invasión. Los motivos que se aleguen, cuales sean y la fuerza (aparente) que tengan, son rechazables por todo aquel que mantenga un poco de humanidad y, de ahí, por cualquiera que además no se deje atrapar por lógicas indefendibles pintadas de humanitarismo. Es lo que supo hacer la izquierda, no sin dificultades ni cismas, primero en Praga en 1968, pero más apropiadamente en 1979, con la invasión soviética de Afganistán so pretexto de «exportar el socialismo». Por llevarlo más allá, ¿le sirve la justificación del anticomunismo a un capitalista para defender la causa estadounidense en Vietman? Si nos sirve cualquier parámetro, si vale todo, la respuesta es obvia.

jueves, 24 de marzo de 2011

Próximo objetivo OTAN: el Estado de Israel


El Estado de Israel, por todos sabido que terrorista, ha vuelto a realizar una acción bélica contra objetivos civiles. Esto, que lleva sucediéndose desde hace muchas, muchísimas décadas, no sólo no trae la condena internacional sino ni tan siquiera la atención de las diplomacias.

Es igualmente sabido que Israel ocupa desde todo ese tiempo un territorio que no le pertenece,  que es el Estado DEL MUNDO que más resoluciones de la ONU incumple y que más condenas suscita. Es quizás el país del mundo que más reiterada y frecuentemente viola los DDHH, y uno de los pocos (desde luego no el único) que practica abiertamente una política de exterminio de la población ocupada, la cual viene privada de todo tipo de derechos fundamentales. Se decretan toques de queda en las zonas ocupadas, se anexionan terrenos ilegalmente, se expropia a sus legítimos propietarios, se les ocupan y contaminan sus acuíferos, se practican frecuentes razias de las que resultan detenciones arbitrarias con privación de libertad sin cargos ni juicio, cuando no muertos. Se derriban casas, se establecen zonas de delimitación de la libre circulación (con carreteras que, dependiendo del color de la matrícula según se sea árabe, israelí o extranjero con permiso, se permite o no circular). 

En el diciembre de 2009, una acción bélica del ejército israelí provocó casi 2.000 muertos y la indignación ante tamaña felonía se dejó oír en el mundo. Protestas y concentraciones populares se sucedieron sin que los gobiernos, si bien no indiferentes, no acompañaron con condenas explícitas y sin titubeos como cabría esperar de un hecho como aquél— dichas movilizaciones. Lejos de ser así, la UE y España concretamente, han estrechado anualmente sus lazos de unión con acuerdos armamentísticos (negocio que supone el 80% de toda la economía israelí) y de distinta índole comercial, como lo es la colaboración entre Universidades, que no ha dejado de aumentar.

La limpieza étnica que practica Israel no tiene el merecimiento y la consideración que cabría esperarse de los adalices que hoy sonríen, sacan pecho y se enorgullecen de la decisión con que han ido a poner fin a la tiranía en Libia. Los filisteos que condenaron y salieron a las calles a protestar contra la guerra de Irak han tomado en demasiados casos no una actitud de triste indiferencia, sino de indigno activismo apadrinando de fe la solución militar.

El caso del genocidio israelí sobre el palestino es con seguridad el más terrible que hoy haya en el mundo, no por intensidad (variable) sino por su constancia y duración. No conozco a nadie de los que pida el fin de la ocupación y la creación de un Estado palestino la intervención militar contra los israelíes. Lejos de esto, diría que no se le pasa a nadie por la cabeza. Porque la solución, desde luego, no pasa por hundir bajo la tormenta de fuego las vidas una población que, como la israelí, apoya abrumadoramente esa política de liquidación física del Otro palestino. No. La solución habría de pasar por sancionar moralmente, primero, esta política; apoyar al pueblo palestino, después, sin 'peros' ni exigencias, sin exigir condiciones con las que establecer el diálogo solo porque los interlocutores que ELLOS han elegido no nos gusten. Aceptando su cosmovisión sin imposición apriorística de unos parámetros moralistas que no son los suyos y que en casos comparados como los que aquí se exponen salen bastante dañados por relativos, ni tan siquiera por eurocéntricos. Y por supuesto por aplicar los mecanismos internacionales que los hay y pueden funcionar muy efectivamente si se quiere— propios como las sanciones político-diplomáticas y económicas de turno, al que viola la legalidad internacional y los DDHH.

Los que apoyan la guerra en Libia no han de compartir esta visión, desde luego no pueden, aunque cabe que se retracten. Porque se puede estar en desacuerdo y apoyar una intervención "de pacificación", como se denominaba hacía un par de décadas; esto podemos discutirlo.

LO QUE NO ES DISCUTIBLE es el paso de la "línea que no es cruzable", que decía Brecht. Si se está a favor de poner fin radical, incluso mediante la solución de fuerza, lo que habrían es de clamar por la organización coordinada de la comunidad internacional mediante el envío de Cascos Azules. Apoyar la intervención de la OTAN es no haber contemplado dicha posibilidad que, caso de preferirla, todos ellos habrían de pasar a condenar taxativamente la intervención de la coalición militar occidental.

Que la OTAN es una organización imperialista no puede ser discutido. Y no puede serlo porque incluso quienes celebran su entrada en acción lo hacen aludiendo que no van a poner "un pie en Libia", porque la operación es aérea y no terrestre. Que esta visión es de una ingenuidad propia de la factoría Disney, lo demuestra la historia de esta organización, la de quienes están tras de sí y la de su propia vocación idiosincrásica. Se olvidan o no quieren tener en cuenta además, que para expoliar el suelo libio no es necesario estar sobre él.

lunes, 21 de marzo de 2011

Los alienados de izquierda del "Sí a la guerra"


Pido disculpas a todo el que se sienta ofendido, pero he querido ser provocador, así que no me retracto y arguyo: la intervención militar por parte de la coalición (Occidental) de la OTAN es, por pura lógica evidente, una acción imperialista.

Por algún motivo, a los que apoyan la intervención desde los márgenes de la izquierda, esto no hace falta explicárselo, pues según he leído y hablado, lo comprenden y comparten. Y esto es realmente curioso en sí mismo. ¿Cuál es pues el razonamiento que se sigue para apoyar una intervención en Libia? Sin meterme en comparativas polémicas (no es por esconderme, la comparto), es el mismo argumento que empleó el Gobierno republicano de EEUU para sacar a Sadam Husein del poder. Si bien Sadam tenía unas formas bastante menos cargantes que Gadafi, la situación no me parece muy distinta.

Por algún otro extraño motivo, uno se siente obligado también a apuntar lo que le parece Gadafi. Para mí un impresentable, una cargante caricatura, un represor, un dictador, un lacayo de Occidente, un criminal. ¿Y qué? Si por algo esto me sorprende es porque no me parece un argumento en esta discusión. Lo habría sido quizás hace unos cuantos meses si a alguien se le hubiera ocurrido decir que habría de ser juzgado, pero era amigo de nuestra parte del mundo (para quien aquí no viva o de aquí sea, la parte que controla -o quiere- los recursos del mundo, así como lo que está bien y lo que está mal, que ahí es nada), así que no había problemas de ningún tipo y ya podía ser lo que fuese que estaba bien. Como esto es compartido por todos, el argumento-excusa de la guerra humanitaria está a priori echado a bajo. Además, lo que sea o me parezca no creo que pueda en ningún caso justificar -ni siquiera implícitamente como se ve en las argumentaciones de muchos- una intervención militar.

Este punto no es poco importante, pues el Derecho Internacional se sustenta en no poco sobre el mismo, pero contempla otras opciones aquí no aplicadas por lo particular del caso, por un lado, y por como funciona este mundo, por otro. ¿Por qué no le han aplicado sanciones de tipo económico-político, aislándole internacionalmente si tan criminal (no pongo en duda que lo es) resultaba? No repetiré lo que muchos ya saben y que además he dejado reflejado sucintamente más arriba. Por la misma, ¿por qué no son aplicadas sanciones de esta índole en todas las partes del mundo donde existen Gadafis, Mubaraks, dinastías saudíes, títeres de Occidente varios, criminales de guerra al frente de países o a título individual (¿alguien ha dicho Javier Solana, Tony Blair, J. Mª Aznar, G.W. Bush...?), etc.?

No sé si a alguien que está en estos momentos apoyando la intervención armada se le ocurriría pedir una intervención sobre Marruecos, que además de ser una dictadura para su pueblo ocupa sangrientamente desde hace ya varias décadas un territorio que no le pertenece, pero le reto a que se posicione ¿Alguno tiene tantos cojones? (Perdón por ser soez). Podemos hablar entonces de Bahrein, que ha hecho aparentemente y al mismo tiempo curiosamente lo mismo que Gadafi sobre su población, pero el caso no ha tenido mucho eco en los medios y, bueno, es un emirato tan pequeñito que tampoco importa mucho. Nadie pedirá no ya una intervención sobre éste, que además sería bien fácil de zanjar, sino ni tan siquiera sanciones de algún tipo.

Y se han oído hasta argumentos oportunistas sobre un potencial paralelismo entre la guerra civil española y el caso libio. En fin, quien lo quiera le responderé con inmenso placer (no quiero gastar más líneas de las necesarias), pero creo muy iluso pensar que una coalición imperialista como la OTAN intervenga en modo 'humanitarista'. Y de aquí otro punto de encuentro: según parece, se da por supuesto que si no hubiera interés energético en Libia no se intervendría. Curioso. Así pues, ¿por qué defender la operación armada?

Se entiende que es la necesaria para echar a Gadafi, por muy ilegítima que ésta sea, pero así es como viene justificada. Entonces, ¿será la OTAN la entente liberadora del pueblo libio? Yo, que soy un iluso, no creo en quienes 'regalan' la libertad, mucho menos en esta forma y fondo, a los pueblos. En Chile EEUU no hizo explícito su apoyo a los golpistas, pero además de prentender controlar los recursos chilenos, estoy convencido de que diseñó el golpe para liberar al país del comunismo, tal y como se encargó de anunciar por radio Augusto Pinochet. 

Si la táctica es cambiar un Gadafi para poner un Mubarak, que a los libios les ahorren la guerra. Ahora bien, puede haber (no lo dudo) quien crea que eso ya se verá, pero no dejaría por ello de tener gracia. Si quedamos en que la misión no es "humanitaria", la OTAN, esto es, Occidente, pedirá la parte que le pertenece, como ya ha hecho otras veces muy próximas en el tiempo a esta ocasión, casos de Afganistán e Iraq. En ambos por cierto que ya han habido elecciones, a cual más impoluta, y varias veces en las que el sufragio ha triunfado, pero parece que los recursos no se quedan en el país para el disfrute de la población. Estaría encantado de ver cómo alguien le explica a un afgano o a un iraquí las grandezas de ser al fin 'libre', como me encantaría que alguien contactase ahora con un libio para contarle el argumento. Y es doblemente triste, porque parecía que tras tan lamentables episodios de la historia reciente, en la izquierda se había llegado al consenso de que la democracia no se exporta, o que no hay guerras 'justas' e 'injustas', sino guerras.

No digo que esté necesariamente en lo cierto, pero podremos discutirlo; entre tanto sentencio: el que esté a favor de esta guerra es un alienado.

jueves, 10 de marzo de 2011

"Otra vez esos huelguistas jodiéndonos"

“Es un atentado a la industria turística, y otro secuestro del ciudadano en su derecho fundamental de la movilidad.” -Jesús Gatell, presidente de la Asociación Hotelera de Madrid-

¿Por qué los trabajadores de AENA convocan huelga en festivos, puentes y días de salida de vacaciones? ¿Por qué no hacen huelga un lunes de madrugada? O mejor aún: ¿por qué no limitan la huelga a un solo aeropuerto y en una fecha determinada? Por ejemplo, el aeropuerto de Huesca, en cualquier día de mayo o junio. ¿Cómo? ¿Qué el aeropuerto de Huesca no tiene vuelos en esas fechas, pues sólo opera en temporada de esquí? Pues mejor, así no molestan a nadie.

Hay cosas que uno cree obvias, de cultura general (de cultura trabajadora general), pero cada vez que hay una huelga importante hay que repetirlas. A saber: la huelga es un derecho fundamental, de ninguna manera equiparable al “derecho” a viajar en avión (el único derecho reconocido es “a circular por el territorio nacional”, cosa que se puede hacer en otros transportes si no hay avión).

Otro recordatorio: las huelgas buscan la mayor presión posible sobre la empresa, y en términos de aviación eso significa unas cuantas fechas calientes. En este caso además la huelga es contra la empresa AENA y contra el gobierno que la privatiza. Y visto lo pronto que han mostrado voluntad de negociar, la presión está dando resultado.

Pero una vez más se dispara el mismo resorte antihuelga y antisindical: otra vez nos hablan de secuestro de ciudadanos a manos de unos privilegiados (que no lo son ni por condiciones laborales ni por sueldo; su único ‘privilegio’ es la capacidad de hacer huelga que muchos otros han perdido); y de nuevo oímos llamamientos a una ley de huelga restrictiva. Y con el precedente de los controladores, habrá quien proponga un árbitro (ojo a la figura, que puede acabar con los últimos restos de lucha sindical), y no faltará quien pida otro estado de alerta.

Como llueve sobre mojado, parece fácil lograr el objetivo: que los ciudadanos (incluidos los que no viajan en avión) carguemos contra los trabajadores, en vez de cuestionar la privatización, y pasemos por alto la trayectoria de una empresa, AENA, que se gasta millones en un ruinoso aeropuerto para esquiadores.

lunes, 14 de febrero de 2011

La crisis del parlamentarismo


Creo que lo democrático sería que cada partido proponga en su programa electoral su modelo de reforma de pensiones y que los ciudadanos puedan debatir y votar en las próximas elecciones generales en función de ello. (Cayo Lara, Público, 14/02/2011)

Esto sin duda sería una medida muy democrática dada la naturaleza de las relaciones sociales, políticas, culturales y económicas que rigen nuestros sistemas representativos. No carece de importancia el apunte, pues con (cada vez menos) frecuencia se oyen sentencias que, de alguna manera, apelan a eso que se ha venido en llamar «el fin de la historia». La idea de que en el mundo, tras haberse librado la última batalla por la hegemonía, ha quedado (pre)configurado para ser monolítico según el modelo de Occidente, esto es, «democrático». La idea, desde luego enormemente etnocéntrica, no sólo no es inocente sino que viene cargada de ideología.

No es mi intención entrar tanto en las alternativas —que por descontado las hay y existen— como en centrarme en el modelo mismo. Supongamos que efectivamente el único sistema posible, no ya siquiera el más perfecto o el menos imperfecto, sino EL ÚNICO, fuese en efecto el democrático-capitalista (occidental). Incluso dando por supuesto que alternativas socioeconómicas como el socialismo fuesen intrínsecamente totalitarias (algo ridículo además de estúpido), ¿qué es lo que podría hacernos suponer que no hay otro horizonte aparte del que estamos viviendo y en el que apenas puede vislumbrarse como fin último un razonable «bienestar general»?

De entrada, en ‘nuestro’ horizonte ni siquiera cabe la promesa de un modesto bienestar total, mucho menos global, pues es aceptado por todos que tal cosa no es posible dentro del actual modelo. Ahora bien, no es menos aceptado que pueda existir ese «modesto bienestar total» en otro modelo, el socialista, que sin embargo se asocia a pauperismo y a cualquier forma incompatible con un gobierno mínimamente democrático. La Libertad viene pues entendida como la frontera impuesta por la economía. El individuo es libre de hacer, dentro de unas reglas dilatadas y flexibles, toda suerte de cosas que se le antojen, siendo su única frontera el dinero de que disponga. De alguna manera, las libertades individuales devienen monetizadas y pierden su carga política original. De ahí que no sean hoy consideradas como algo esencial al hombre. Viniendo malentendidas, son tomadas como añadido al sistema democrático y no parte indivisible del mismo. La democracia puede así entenderse como una competición entre diferentes opciones que, en función de los resultados obtenidos y de toda una serie de variables que no tienen porqué tener relación con lo bien o mal que se haya ‘gobernado’, se le puede sustituir por otras opciones, siendo normalmente elegida la de mayor probabilidad de victoria   —aquella que garantiza el ‘anhelado’ reemplazo—.

Normalmente, el intervalo temporal para que intervenga el pueblo se establece en los cuatro años. Antes puede —si así lo autoriza el Gobierno— movilizarse y manifestar su disconformidad a fin de ‘presionar’ sobre las decisiones que se tomen. Y así, pues, se fija una frontera fabulosa entre gobernantes y gobernados.

La propuesta de Cayo Lara de que sean los programas electorales los que marquen medidas tan trascendentes para la vida de toda la ciudadanía, va orientada, desde luego, hacia la honestidad y la transparencia de un sistema diseñado ex profeso opaco. La soberanía, no obstante, así viene escrito, emana «de abajo», del pueblo. Ello conduce a lo siguiente: ¿nos encontramos, pues, ante un régimen parlamentario que pueda decirse democrático? Lo primero resulta obvio que así es, lo segundo, se antoja más que dudoso. Pero entonces, ¿qué sería una democracia? En los últimos años los escépticos convencidos han reforzado sus posicionamientos; con los últimos acontecimientos, son muchos quienes ven tambalear los pilares sobre los que asentaban su convencimiento de vivir en un sistema plural y (con las normales fallas que se le suponían) representativo.

Una decisión como la que ha afectado a las pensiones o a la última reforma laboral, no habría sido nunca autorizada por el pueblo, al que se le ha tenido que convencer —y en gran parte se ha autoconvencido— de que medidas de este tipo si bien «no son del gusto de nadie» si lo son «necesarias». Los argumentos se rebuscan, se retuercen y se hacen omnipresentes, a fin de mostrar a todos el porqué de su urgencia, y, de este modo, se torna maleable la opinión pública. Todo este juego de manipulaciones y medidas impopulares encuentra agrado en quienes se hayan sobre lo divino y lo humano, aquellos cuya mayor concentración de capital les hace más libres entre los ‘libres’. Y así éstos, a la sazón quienes controlan los medios (directa o indirectamente), financian los grandes conglomerados políticos incidiendo, con éstas y otras maniobras, en las legislaciones vigentes con objeto de moldearlas a sus particulares intereses. Por definición pura, éstos se oponen a los así llamados «generales».

Un régimen político siquiera mínimamente permeable a la influencia de tales grupos (públicamente reconocidos como «de presión» o «lobbies») en la toma de decisiones gubernativas  habría de ser denominado, más bien, el «régimen de la minoría», es decir, «oligarquía».

Es de esta manera que capitalismo y democracia se vuelven conceptos efectivamente antitéticos. Un hombre no será más libre por poseer una mayor acumulación de capital, sino por no hallarse sujeto a las necesidades que se derivan de la falta de éste. Del mismo modo, dicha acumulación contrae necesariamente la acentuación de la desigualdad, el establecimiento de vínculos de dependencia (relaciones de explotación) con los que son sometidos y controlados los individuos.

Se sigue entonces que democracia y socialismo devienen conceptos simétricos, armoniosos. Sólo mediante la cancelación de las formas de explotación es posible imaginar un sistema de representación auténticamente «democrático», en el que los individuos sean efectivamente libres y en el que se hallen representadas todas las sensibilidades sin la potencial alienación intrínseca a las contradicciones entre los medios y las relaciones de producción del sistema de explotación capitalista.

Que la propuesta de Cayo Lara parezca utópica, casi satírica dado el nivel de «democracia» que se maneja hoy en nuestra sociedad, resulta un golpe de dura elocuencia. Pero en esta parte del mundo donde parece que no puede ocurrir nada porque ya ha pasado todo, quizás estén gestándose grandes procesos de cambio. O quizás no, pues no ha de obviarse que en la historia es más común la falta de acontecimientos que la cristalización de procesos, pero una cosa es segura, éstos siempre han ido acompañados de alteraciones en la percepción crítica de las sociedades: cómo entienden y perciben las relaciones que les envuelven y que padecen, así como su cuestionamiento de lo que es justo e injusto.

viernes, 4 de febrero de 2011

La filosofía del sentido común, la de los 'no filósofos'


Una obra como el Ensayo popular [se refiere a La teoría del materialismo histórico. Manual popular de sociología marxista, de N. Bujarin, escrito en 1921], destinada a unos lectores que no son intelectuales de profesión, debería haber partido del análisis crítico de la filosofía del sentido común, la "filosofía de los no filósofos", es decir, la concepción del mundo absorbida acríticamente por los diversos ambientes sociales y culturales en que se desarrolla la individualidad moral del hombre medio. El sentido común no es una concepción única, idéntica en el tiempo y en el espacio: es el "folklore" de la filosofía y, al igual que ésta, se presenta en innumerables formas. Su rasgo fundamental y más característico es el de ser una concepción (incluso en cada cerebro individual) disgregada, incoherente, inconsecuente, conforme a la posición social y cultural de las multitudes de las que constituye la filosofía. Cuando se forma en la historia un grupo social homogéneo, se elabora también, contra el sentido común, una filosofía homogénea, es decir, coherente y sistemática.

El Ensayo popular se equivoca al partir (implícitamente) del presupuesto de que a esta elaboración de una filosofía original de las masas populares se oponen los grandes sistemas de las filosofías tradicionales y la religión del alto clero, es decir, la concepción del mundo de los intelectuales y de la alta cultura. En realidad, estos sistemas son ignorados por la multitud y no tienen una eficacia directa sobre su modo de pensar y de actuar. Esto no quiere decir que carezcan de eficacia histórica: pero es una eficacia de otro género. Estos sistemas influyen en las masas populares como fuerza política extrema, como elemento de fuerza cohesiva de las clases dirigentes, es decir, como elemento de subordinación a una hegemonía exterior, que limita negativamente el pensamiento original de las masas populares sin influir en él positivamente, como fermento vital de transformación íntima de lo que las masas piensan embrionaria y caóticamente sobre el mundo y la vida. Los elementos principales del sentido común son suministrados por las religiones y por esto la relación entre el sentido común y la religión es mucho más íntima que la relación entre el sentido común y los sistemas filosóficos de los intelectuales. Pero también hay que hacer distinciones críticas en lo que concierne a la religión. Toda religión, incluso la católica (y especialmente la católica, por sus esfuerzos para permanecer unitaria "superficialmente", para no escindirse en iglesias nacionales y en estratificaciones sociales) es, en realidad, una multiplicidad de religiones distintas y a menudo contradictorias: hay un catolicismo de los campesinos, un catolicismo de los pequeño burgueses y de los obreros de la ciudad, un catolicismo de las mujeres y un catolicismo de los intelectuales, abigarrado e inconexo a su vez. Pero en el sentido común no sólo influyen las formas más toscas y menos elaboradas de estos diversos catolicismos, actualmente existentes: han influido y son componentes del actual sentido común las religiones precedentes y las formas anteriores del catolicismo actual, los movimientos heréticos populares, las supersticiones científicas ligadas a las religiones del pasado, etc. En el sentido común predominan los elementos "realistas", materialistas, es decir, el producto inmediato de las sensaciones elementales, lo cual no está en contradicción ni mucho menos con el elemento religioso; pero estos elementos son "supersticiosos", acríticos. Éste es, por consiguiente, el peligro que ofrece el Ensayo popular: a menudo confirma estos elementos acríticos, que hacen que el sentido común permanezca todavía en la fase ptolemaica, antropomórfica, antropocéntrica, en vez de criticarlos científicamente.

Antonio Gramsci, "Introducción" (fragmento), en La política y el Estado moderno.

viernes, 28 de enero de 2011

La triste traición de la hoy indigna CC.OO.

«Los sindicatos han subrayado que han logrado "corregir considerablemente" y evitar los "destrozos" que pretendía hacer el Gobierno en el sistema de pensiones. "Una imposición más del Ejecutivo nos habría llevado a una desprotección mucho más amplia. Hemos apostado por ser responsables (…)». Esto podía leerse en Público este mismo viernes.

Tengo que decir —y que se me perdone por la expresión—, que me quito el sombrero ante tantos cojones como están poniendo sobre la mesa los sindicatos mayoritarios. Particularmente lamento, por la parte que más de cerca me toca, la de CCOO. Este ha dejado de ser, en lo sucesivo, mi sindicato referencial. Da lástima ver cómo una organización obrera de la historia de Comisiones, fundada en la clandestinidad en los represivos años sesenta, mayor y muy especialmente por comunistas, haya acabado sirviendo a los intereses del capital. Esta organización da asco y en ningún caso puede ya ser considerada ‘obrera’.

El discurso justificatorio, encima, es molesto por grosero. Cualquiera que lo lea casi tendrá que pensar que hemos ganado algo, casi casi una victoria. Esta política de sanción de los hechos consumados a fin de evitar ‘males mayores’ está empezando a ser tan reiterativa en lapsos temporales cada vez más estrechos, que habría de ser de una vez revisada de un modo radical, es decir, cancelada. La lógica es que si no reculamos, si no cedemos, las consecuencias serán peores. Pues bien, ¿qué hay de malo, entonces, en no recular y aceptar medidas supuestamente (no lo quiero poner en duda ni mucho menos) peores? Hay batallas que aunque se sepa que van a perderse, hay que plantar y mejor si no hay sangre de por medio. Las organizaciones auténticamente obreras deben plantarse y decir, ya de una vez ¡basta! ¡Hasta aquí hemos llegado (nosotros)! Que dejen por fin de ser la herramienta de justificación de toda una serie de políticas que atentan contra la democracia misma, contra el pueblo, y que son presentadas como «pactos». Hasta el Gobierno es capaz de salir, después de paradójicamente proponer medidas más duras, sacando pecho y diciendo que lo que están es salvando las pensiones y que «el acuerdo, creará empleo» (Rubalcaba dixit).

Con declaraciones como estas, no es de extrañar que CC.OO. y UGT estén tan convencidos de que el «acuerdo es bueno», que no se sientan «incómodos» con la reacción que, por ejemplo, ha tenido IU. «De hecho, Cubillo ha indicado que cuando se conozca la dimensión del acuerdo, "se acabará comprendiendo" que éste va a ser uno de los grandes acuerdos de la Democracia». Estoy muy de acuerdo, es un pacto de los mayores y más trascendentales de este país, pero a pesar de la democracia.

Parafraseando a un personaje profundamente despreciable, pocas veces tan pocos han hecho tanto por dar por el culo a tantos.